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perro excalibur
CASOS REALES PARA PENSAR PEOPLE SALUD

Por qué los policias británicos se llaman Bobbys y el caso del perro Excalibur.

Cuando en España se diagnosticó el primer caso de ébola, el estado de histeria colectiva que se apoderó de nuestro país hasta el punto de pensar en la llegada de una especie de Apocalipsis Zombi y daban ganas de secuestrar un Mercadona y parapetarse dentro hasta nuevo aviso.

 

El fin del mundo

Cuando iba a escribir mi lista de supervivencia apocalíptica, me di cuenta de que ya nadie hablaba del tema y poco a poco los titulares volvían a la rutina de siempre, ósea los casos de corrupción y el paro, esos lamentablemente no pasan de moda como el ébola.

Dialogo figurado entre el Presidente del Gobierno y la Ministra de Sanidad:

– ¿Balance de las medidas de prevención tomadas contra la pandemia que iba a asolar el mundo civilizado?.

– Hemos matado a un perro, señor presidente, señor.

– Ahhh, vale guay, ¿Qué mas tenemos?

Que conste que quiero dejar a un lado cualquier componente político que se le quiera dar a este tema, cosa que nunca entendí, ni en este caso ni en los anteriores, léase accidente de tren en Santiago, El Yak 42, el Prestige o, lo mas vergonzoso y rastrero, los atentados del 11 de marzo de 2004. Una vez aclarado este aspecto, diré que mi país ha demostrado, otra vez, ser tan torticero como parece.

Protocolos de todo a cien

  1. Se han cometido tal colección de cagadas durante la crisis  del ébola en España que se podrían utilizar de guión para la próxima película de la saga Torrente (seguro que al amigo Santiago Segura se le ocurre algún titulo ingenioso).
  2. Hemos usado trajes NBQ «de todo a cien» para combatir los posibles contagios, pero no se crean que tenemos tallas para todo quisqui. En España medir mas de 1,70 es una impertinencia y por lo tanto, no pida usted que, encima de ser tan alto, le demos un traje de estos que cuestan una pasta en el chino de la esquina. Si eres médico español, tienes que ser tirando a bajito, así como el Fari mas o menos.
  3.  Y, ¿como se ha escurrido el bulto?, pues sencillísimo,  le hemos echado la culpa de todo a la pobre enfermera haciendo gala de una falta de reconocimiento, de agradecimiento y de vergüenza que produciría el vomito a cualquiera con un poco de dignidad, sobre todo teniendo en cuenta que, mientras se intentaba con ahínco poner a la opinión pública en contra de esta valiente profesional, la misma, se encontraba pendiendo de un hilo,  entre la vida y la muerte, por causa del cumplimiento de su deber.
  4. Se aludía que la mujer cometió algún que otro fallo de protocolo (por protocolo entender papel infumable mal fotocopiado) mientras le limpiaba el culo a un infectado de ébola. Esto si que es de traca, es como si a un artificiero le estallase la bomba en las narices mientras intentaba desactivarla, y encima todos opinásemos que es que tenia que haber cortado el cable azul en vez del rojo. Fácil, a toro pasado todos somos Manolete, como decimos aquí.
  5. Pero, eso si, nos hemos cargado al perro de la enfermera cagando leches, teniendo-esta vez si-una eficacia germánica, que ya quisiera para si la Merkel y tos sus muertos.
LEER:  EL ODIO: La lacra de los tiempos modernos

 

Revuelo en las redes sociales

En redes sociales, veía como amigos míos de toda la vida con los que comparto opinión en casi todo, se les llenaba la boca diciendo que haber si ahora la vida de «un p… perro» iba a importar más que la de miles de personas. Y aquello otro tan manido por nuestras madres, cuando no nos comíamos las lentejas, como es lo de los negritos que se mueren en África (hoy también en muchos barrios de España, quien nos lo iba a decir), que si ya quisieran los pobres que les prestáramos tanta atención como al «perro de las narices» . El colmo de la hipocresía y de la demagogia, nadie esta comparando vidas, sino poniendo en duda una forma de proceder, completamente evitable, y que hubiese ahorrado mucho sufrimiento a la familia de una persona a la que todos deberíamos estar eternamente agradecidos.

Y además hoy, seguimos sin pensar en la gente que fallece diariamente en África, por el virus del ébola y por muchas causas, ni en los valientes de todo el mundo que prestan su ayuda altruista para evitarlo. Ni en los paisanos que pasan hambre aquí y ahora, en este nuestro muy europeo país.

Soy consciente de que esta entrada me esta quedando demasiado larga, pero el tema lo merece. Para finalizar. quisiera dejar plasmado otro punto de vista sobre estos maravillosos animales, que acompañan al hombre en su vida cotidiana desde hace mas de cinco mil años. LOS PERROS

La historia de Bobby

Para ello, os dejo la emotiva historia del perrito Bobby, que es solo un ejemplo de otros muchos casos similares que se han dado y se dan y que hablan de la lealtad de la que son capaces los perros, una lealtad mas allá de la muerte. La misma lealtad a nuestros héroes que nos ha faltado en España, a nosotros los humanos, en el caso de Teresa y de su fiel amigo Excalibur, descanse en paz.

Un humilde jardinero, de nombre Jonh Grey o Jock conoció a Bobby, un perrito de la raza Skye Terrier, cuando se tuvo que trasladar con toda su familia a la capital y allí debió abandonar su oficio y dedicarse al cuidado de los vecinos como policía.

Día tras día Bobby acompañó a John en sus rondas como policía, participando de las patrullas como un agente más. Lo que atrajo la mirada y simpatía de todos los vecinos.

 Llegó a Edimburgo un capitán de la marina británica, quedando encantado por la belleza del lugar, pero notó que le hacía falta algo: toda la población usaba relojes y también había relojes en los edificios públicos, pero todos ellos marcaban diferentes horas. Por ello, al año, dicha anomalía fue subsanada por él: para que todos los pobladores ajustaran sus relojes a una misma hora, dispuso que todos los días a las trece horas en punto, desde la explanada del Castillo de Edimburgo se dispararan una serie de cañonazos para marcar la hora mencionada, costumbre que hasta aún hoy continúa. En esta tarea participaba John Grey, acompañado por su perro Bobby y el que realizaba los disparos era el sargento Scott, quien también se encariñó mucho con Bobby.
John había contraído tuberculosis, enfermedad que sólo Bobby conocía cuando sufría accesos de tos. Su padecimiento llegó a su fin el 15 de febrero de 1858. Se decidió enterrarlo a las 13.00 horas, en el cementerio de Greyfriars, para rendirle homenaje. Bobby sin comprender lo sucedido, se ocultó entre las tumbas, y cuando todos dejaron el lugar se acurrucó sobre la tumba de su amigo. El cruel invierno lo hacía tiritar y su mirada recorrió las lápidas con profunda desolación hasta que el cansancio lo venció y por fin quedó dormido. A la mañana siguiente, James Brown, el anciano jardinero de la iglesia y cuidador del cementerio, encontró al perrito durmiendo arriba del sepulcro. La escena estremeció su corazón y a pesar de la pena que le causaba verlo allí debió echarlo, ya que estaba prohibido el acceso de perros. Pero cuando caía la noche, Bobby regresaba a la tumba de de su amo y allí dormía hasta el día siguiente. Cada día se repetía la misma escena, el viejo James corría a Bobby, y por la noche regresaba.
Bobby resistía el frío intenso de la noche y se acurrucaba sobre sí, entibiando la tumba de su amigo. Varios que lo conocían iban por él y lo llevaban a sus casas, pero Bobby siempre escapaba y regresaba al mismo lugar. Brown terminó encariñándose con el perrito y dejó que permaneciera sobre la tumba de su amigo, arriesgando su puesto de trabajo con ello. La gente también le tenía mucho aprecio y le llevaba comida y agua. Los religiosos de la Iglesia de Greyfriars, resignados ante la insistencia de Bobby, decidieron permitirle su presencia en el lugar. Así, Bobby se convirtió en el Guardián de los Muertos, ya que en aquellos tiempos no faltaban los ladrones de cadáveres y de tumbas. Con el tiempo, comenzó a sentir el peso de la soledad y con los cañonazos de las trece horas acudía al Café Traills, un lugar al que solía ir con su amo en tiempos felices. El dueño del café, conociendo su historia, comenzó a servirle un rico almuerzo cada día, disponiendo un plato especial para él.
tumba bobby
En el año 1867, ante el aumento de perros callejeros, portadores de rabia a veces, enfermedad en ese entonces mortal para los humanos, los gobernantes de Edimburgo decretaron la obligatoriedad de matricular a todos los perros de la ciudad y los que no estuvieran registrados serían ejecutados. Todos amaban a Bobby, quien corría el peligro de ser atrapado y ejecutado. Entonces, el Lord Provost de Edimburgo, sir William Chambers, lo adoptó como propio y le puso un collar con una placa que rezaba: «Greyfriars Bobby from the Lord Provost, 1867 – Licensed». Luego, sir Chambers ordenó construir una caseta junto a la tumba de John Grey, su amo, para que pudiera refugiarse en los días de frío intenso. El 14 de enero de 1872, a los 14 años de edad, Bobby cerró sus ojos para siempre, murió mientras dormía. El pueblo decidió enterrarlo en el cementerio de Greyfriars, a pocos metros de la sepultura de Jhon Grey. A su vez, la baronesa Angela Georgina Burdett-Coutts, le pidió al artista William Brody que hiciera una escultura en bronce para que sea recordado por siempre: el 15 de noviembre de 1873 se inauguró el monumento en la cuesta de Candlemakers, a pocos metros de la entrada del cementerio y enfrente del Café Traills, que en la actualidad lleva el nombre de Bobby’s Bar. El plato en el comía Bobby y su collar se exponen en Hunt Hose Museum, museo dedicado a la historia de Edimburgo.
En la actualidad la fama de Bobby compite con la del Castillo de Edimburgo. Y un dato más, los británicos en su honor llaman a los policías Bobby. (Esta historia sobre Bobby ha sido escrita Por Laura, )
«Bobby, el guardián del cementerio». Es un filme para toda la familia, de origen escocés, exhibido en salas de cine de Estados Unidos el año 2005, y en el 2006 en Reino Unido. La película fue dirigida por John Henderson, la que se desarrolla en la ciudad escocesa de Edimburgo.

La película cuenta la historia de un perrito de la raza West Highland White Terrier (no coincide con el de la historia real, ya que era un Skye Terrier) de nombre Bobby, quien permanece junto a la tumba de su amo muerto.

 

LEER:  ALERTA SUICIDA: La importancia del cuidado emocional en tiempos modernos.

 

 

2 COMENTARIOS

  1. Sería un comentario muy largo sobre todo lo que has escrito, solo te diré que me ha gustado mucho de arriba abajo y cuando pueda volveré.

    Mi perro se llamaba Terry y era uno más de la familia.

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